Asombro y curiosidad

“Desnúdame,  haz trizas mis esquemas, hazme regresar a la infancia. Recíbeme en bata de casa y gorro de montañero. Disfrázate de Sherlock Holmes y descifremos juntos el enigma que no me deja dormir”.

El asombro  y la curiosidad van unidos y se retroalimentan. Surgen de lo inesperado y en lo inesperado, de lo nuevo, de la improvisación y la divergencia; de aquello que rompe  nuestros esquemas y nos descoloca al no es estar preparados para asimilar esa nueva realidad que se muestra ante nuestros ojos.  Surge cuando  nuestra mente pierde el mapa por el que siempre exploró el territorio de la realidad.

Foucaut  habla de “despertar el asombro, de sed insaciable de tener experiencias extrañas e inéditas que echen abajo las viejas ideas y distinciones”. La curiosidad y el asombro  bajo este prisma aparecen una fuerza radical y transformadora.  Una fuerza que nos ha de llevar a generar los escenarios para que lo que está oculto se manifieste de forma natural. La curiosidad nos empuja hacia delante, a hacernos preguntas nunca hechas. A explorar nuevos caminos y a estrenar miradas.

¿Recuerdas aquel niño que todos llevamos dentro y se esconde, todavía, en alguna rincón de nuestra alma?  ¿Por qué se han borrado  de nuestra memoria  la primera vez que vimos el mar o la primera vez que pisamos la  nieve? ¿Acaso no era aquel niño el que se atrevía a hacer preguntas nunca antes hechas? ¿Acaso no es la curiosidad el arte de buscar otros comos y otros porqués?.

Estamos a tiempo de  de aventurarnos mas allá de la madriguera de conejo y reencontrarnos con el niño que siempre fuimos. Volvamos a  asombrarnos ante lo inmenso, ante lo inabarcable, lo inalcanzable, lo inexplicable, ante lo inesperado. Ante la  belleza,  contemplando el  silencio infinito de un  atardecer. Abramos nuestras alas  y por unos instante volvamos a ser rematadamente locos, rematadamente  libres. Regresemos al lugar donde nada nos espera y a nadie esperamos. Donde no hay posibilidades, ni decisiones, ni incertidumbre.  Donde todo  ocurre concentrado en un instante llamado presente.

Siempre hay tiempo de recuperar al niño que nos habita. Siempre hay tiempo para chapotear en el charco de la curiosidad y el asombro. De ponernos unos pantalones cortos, unas pinzas en el pelo y sacar la lengua… pintada de azul.

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